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Estuve a punto de aplaudir un beso

De todos los vecinos de mi calle que en estas semanas he podido conocer desde mi ventana, a los que más veo son un matrimonio del edificio de enfrente que pasa la mayor parte del día en su pequeña terraza.

Cuando hace sol, se sientan allí a tomar una cerveza y fumar con los ojos cerrados y el rostro hacia el cielo, como lagartijas confinadas. Sacan una mesita y comen y meriendan apiñados con sus dos niños pequeños.

Pero no dejan de vivir en la terraza cuando llueve, apretados bajo el toldo.

Llevo cinco semanas viendo su vida enfrente de mis ventanas y hasta ayer no les vi darse un beso. Ella estaba leyendo al sol, él salió fuera, se lio un cigarrillo y se acercó a darle un beso en los labios.

Yo estaba asomada tomando mis cinco minutos de sol en el alféizar y estuve a punto de aplaudir sin darme cuenta. Me dio tanta alegría como si hubiera podido dar por fin ese beso que anhelo desde hace mes y medio.

Si un día, amor

Paxariñas puesta de sol

Cuando el tiempo ha pasado, y de todo lo vivido solo queda un recuerdo lejano, qué gran faena biológica es perder la memoria. Y poder cruzarte un día, caminando por la calle, con quien fue tu gran amor. Y no reconocer su cara, ni su olor.

Si un día, amor, ya viejos, se cruzaran nuestros pasos en la acera y notaras que mis ojos no te siguen como entonces, es que no te reconozco.

Si esto ocurre, amor, te ruego: toma mis manos, mírame a los ojos y concédeme el tiempo de penetrar en tus pupilas y reconocerte. Dime quién eras recordándome que un día me amaste. No dejes que me vaya, amor, sin saber que entonces nos quisimos. Aunque cuando te vuelvas de nuevo para seguir calle abajo y reunirte con los tuyos haya olvidado incluso tu nombre.

#DíaInternacionaldelAlzheimer

 

 

Ahora que no me oyes

Tengo que decirte algo. Ahora que no me oyes, que ni siquiera me estás mirando, es el mejor momento, porque no sé si sería capaz de decirte todo esto con tus ojos clavados en los míos. Todos creen que soy valiente, pero hay cosas que no he sido capaz nunca de decirte, palabras que cuando me mirabas se enredaban en mi garganta construyendo un dique contra el que no tuve valor para luchar.
Te he querido mucho, ¿sabes? Sí, creo que lo sabes o, al menos durante un tiempo, lo supiste. Aunque yo solo te lo haya dicho un par de veces hace años. Te quería aún incluso cuando me abrazabas por la espalda quejándote en mi cuello de mi frialdad para contigo y buscando que repitiera esas palabras que siempre has dicho más que yo.
Pero no lo hice, porque hacía ya un tiempo que no estaba segura de seguir queriéndote. Creo que me equivoqué. Me equivoqué muchas veces, y tantas otras simplemente no supe quererte. Creo también que ese error lo cometimos ambos.
Uno piensa que basta con querer a alguien y, sin embargo, amar nunca es suficiente. Hay que saber querer, y querer bien. Quiero pedirte disculpas porque no supe hacerlo, aunque tú lo merecías probablemente todo. Siento tanto que no hayamos sabido hacerlo bien ninguno de los dos. Lamento profundamente todas esas frases hirientes que nos llevaron a enrrocarnos en este silencio que duerme entre nosotros desde hace años. Lo hemos alimentado los dos, y nos hemos amargado mutuamente con ello.
Ni siquiera sé si te quiero, perdóname, ya sé que soy un desastre. De lo que estoy segura es de todo lo que tengo que agradecerte. He ido convirtiéndome en la mujer que ahora soy a tu lado. Me he sentido muy querida, protegida y, durante un tiempo, también admirada. Me has enseñado muchas cosas. La más importante, sin duda, el amor incondicional a la familia por encima de todo. Nadie como tú ha sabido limar las diferencias entre unos y otros para mantener unidas a todas las personas que querías (la mayoría ya no están siquiera), incluso tragando sapos, porque no pensaste nunca en ti mismo antes que en ellos. Eres un buen tío, ¿sabes? Y habría que ser muy torpe para no saber quererte. Pero me temo, querido amigo, que soy la persona más torpe del mundo. Lo siento. Lo siento mucho. Tenía que decirte todas estas cosas y hasta hoy no encontré el valor para hacerlo. Por eso te las digo ahora, sin mover los labios, mientras duermes profundamente a mi lado y sé que no me vas a interrumpir.

El futuro en un aparcamiento

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El otro día, cuando bajé al aparcamiento al terminar mi jornada de trabajo, me encontré a una señora dando vueltas sola y desorientada. En cuanto me vio se lanzó hacia mí: “¿Sabes cuál es la plaza 3.263?”. El asfalto está tan gastado que los números están borrados hace tiempo, pero por alguna razón ella se había quedado con el número y llevaba un buen rato buscando la plaza. El aparcamiento es enorme, dando servicio a cinco edificios distintos en un mismo complejo, y la buena mujer no sabía decirme ni de qué edificio venía.

Después de recorrer un trecho sin conseguir ver ningún número de plaza, le propuse que fuera apretando el botón del mando de su coche y recorrimos el garaje como dos zahoríes locas, hasta que finalmente sonó el ansiado el “clic clic”.

Ayer mismo al salir del trabajo tuve otro encuentro en la tercera planta. Al llegar frente a los ascensores que acceden al garaje, había allí un hombre esperando al que creí reconocer. Según me acercaba le solté animadamente “¡hola, vecino!”. Me miró con recelo pero respondió amablemente “hola, vecina”. Al mirarle ya de cerca me di cuenta de que –horreur– no le había visto en mi vida.

“Ay, no, perdone, es que es usted igual que mi vecino, que también trabaja en el edificio de al lado”. Mutis. Cuando se abrieron las puertas del ascensor nos metimos dentro; él calladito y yo avergonzada. Después de apretar los botones me puse a forcejear para quitarme la mochila con los trastos del gimnasio y, aunque el ascensor lleva un cartelito según el cual caben 18 personas, le di al buen señor un manotazo en el brazo, enganchándole mi mano por dentro como si nos fuéramos a la verbena de la Paloma. Se volvió como accionado por un resorte, supongo que pensando que estaba loca o muy necesitada. Le pedí perdón por segunda vez y salí disparada al llegar al sótano -3. 

Creo que mi vida necesitaba un cambio y estoy recibiendo señales de que tal vez mi futuro comenzará en este aparcamiento. Al próximo quizá tenga que abordarle directamente preguntando “¿estudias o trabajas?” y ahorrarme un tiempo valioso. Eso, o hacerme unas gafas progresivas.

Que hoy he soñado

¿Hay algo más triste y más hermoso que dos amantes disculpándose abrazados por no saber amarse?

Sí. Que uno de ambos reconozca no haber llegado a enamorarse nunca del otro, aunque este llegara a sentirse amado y valorado como pocas veces antes en su vida. Pero lo más triste quizá es que quien reconoce no amar besando el rostro de quien se creía amado, confiese que tampoco ha sentido nunca el amor del otro. Que alguien confiese no haberte amado al tiempo que duda de que tú lo hagas, deja una sensación extraña de vacío. Pero probablemente es más llevadero quebrarse la cabeza pensando qué puede haber hecho mal uno mismo para que su amor no se percibiera, que aceptando que no es el objeto de amor que ilusamente creía.

¿Pero de qué nos enamoramos cuando creemos que nos enamoramos?

A quién no le ha sucedido admirar a un artista -cineastas, escritores, periodistas, actores- por su obra, y no soportarlo como persona o no comulgar con sus ideas. Javier Marías es una de mis bestias anómalas, uno de esos escritores cuya ideología no comparto y cuyos artículos de opinión por esa razón no leo y, sin embargo, admiro en su vertiente de novelista. De las obras que hasta ahora he leído, “Los enamoramientos” es mi favorita. No sólo por la trama en sí, que encontré interesante, sino por toda esa filosofía sobre las relaciones de pareja que arroja continuamente sobre las páginas y que me hizo pensar tanto en su día.

Cuando leí la novela, fui anotando en un bloc algunas citas que me parecieron brillantes en el intento por definir con palabras lo que puede llevar a las personas a engancharse a otras. El azar y la ubicación vital y geográfica (“En el enamoramiento dependemos de quién se fija en nosotros y de quién vive en tu misma ciudad“) como razón para el enamoramiento. 

“Sé que no me ofendería ser un sustitutivo, porque en realidad lo es todo el mundo siempre, inicialmente […]. Sí, todos somos remedos de gente que casi nunca hemos conocido, gente que no se acercó o pasó de largo en la vida de quienes ahora queremos, o que sí se detuvo pero se cansó al cabo del tiempo y desapareció sin dejar rastro o sólo la polvareda de los pies que van huyendo, o que se les murió a esos que amamos causándoles mortal herida que casi siempre acaba cerrándose. No podemos pretender ser los primeros, o los preferidos, sólo somos lo que está disponible, los restos, las sobras, los supervivientes, lo que va quedando, los saldos, y es con eso poco noble con lo que erigen los más grandes amores y se fundan las mejores familias, de eso provenimos todos, producto de la casualidad y el conformismo, de los descartes y las timideces y los fracasos ajenos […] inverosímilmente logramos convencernos de nuestros azarosos enamoramientos, y son muchos los que creen ver la mano del destino en lo que no es más que una rifa de pueblo cuando ya agoniza el verano.”

Una vez, un amigo me contó que se había casado con su mujer porque ambos eran los únicos que seguían sin pareja en su grupo. Los demás se habían ido emparejando entre ellos a lo largo de los años en esa especie de ejercicio endogámico de emparejamiento que se da en los pueblos y los barrios. Al principio me pareció algo triste, pero dado que desde fuera la pareja aparentemente funciona y parecen felices, decidí que yo no era nadie para cuestionarla.

Si el azar es protagonista en las relaciones de pareja, la situación vital en la que Cupido o alguno de sus vasallos menores nos sorprende no lo es menos. Es posible que uno vea siempre tan sólo lo que desea ver, y que hasta el amor más evidente a los ojos del amante pueda responder las más de las veces a una necesidad puntual del otro en ese preciso momento de su vida. Necesidad de cuidados, de comprensión, de compañía o apoyo.

El enamoramiento como la conjunción entre comodidad y conveniencia con la oportunidad de haber estado en el lugar adecuado en el momento justo -el de mayor debilidad, soledad o desilusión del otro-. A veces, una relación cómoda con alguien que sin demasiadas exigencias nos brinda cariño y compañía en momentos difíciles puede ser confundida con amor, por uno de los dos o incluso por ambos. En este tipo de relaciones, supongo que en el momento en que las cosas comienzan a ir bien para quien se sentía necesitado de apoyo y se dejó querer en el entretanto, la persona que en los malos tiempos fue un consuelo puede acabar olvidada en un rincón una vez acabado su cometido. El rincón de los agradecimientos vitales, bien es cierto, pero un rincón al fin y al cabo, con su esquina y su polvo acumulado.

Independientemente de las razones o sinrazones que nos llevan a enamorarnos de alguien en concreto, cuando somos felices compartiendo con esa persona tendemos a pensar que esa felicidad es mutua y que la otra persona siente lo mismo. A veces incluso es cierto. Pero si en un momento de lucidez la realidad envía señales negativas, uno puede acabar sintiéndose estúpido o ingenuo por haberse sentido enamorado hasta el punto de creer que el sentimiento que lo envolvía era de dos. Y terminar culpándose por haber sido tan impulsivo como para lanzarse de manera suicida a decir te quieros por whatsapp sin venir a cuento cuando el otro le preguntaba sencillamente si iba a llover. Pero no. Pasados los 40, sentir vergüenza por dar rienda suelta a los propios sentimientos debería ser pecado. ¿Acaso alguna vez, cuando todo acaba, ha dejado alguien de sufrir gracias a haberse mordido los labios cada vez que sintió deseos de confesar sus emociones? Qué más da en realidad equivocarse, si la mayoría de las historias tienen final igualmente, con independencia de que fueran uni o bidireccionales. 

Particularmente, siempre he sido más de dejarme embaucar por la risa. La risa que no cesa, la que nos produce el otro, la que provocamos en él y la que nos contagia a todas horas; friendo huevos juntos, haciendo la compra o contorsionándonos en la cama: 

“Sabía reír, lo hacía con fuerza pero con sinceridad y simpatía, nunca como si adulara ni en actitud aquiescente sino como si respondiera siempre a cosas que le hacían verdadera gracia y fueran muchas las que se la hicieran, un hombre generoso, dispuesto a percibir lo cómico de las situaciones y a aplaudir las bromas, por lo menos las verbales. Quizá era su mujer quien se la hacía, en conjunto, hay personas que nos hacen reír aunque no se lo propongan, lo logran sobre todo porque nos dan contento con su presencia y así nos basta para soltar la risa con muy poco, sólo con verlas y estar en su compañía y oírlas, aunque no estén diciendo nada del otro mundo o incluso empalmen tonterías y guasas deliberadamente, que sin embargo nos caen todas en gracia. […] Había camaradería, y sobre todo convencimiento.”

La risa es una de las pocas cosas capaces de transformar un momento embarazoso en todo lo contrario. Será por eso, quizá, que es tan peligrosa como el dardo de Cupido. Porque quien nos mata de risa tiene muchas papeletas para matarnos de amor. Que la suerte nos acompañe y, mientras tanto, riamos, besemos, hagamos el amor y cantemos juntos.

8 de marzo de 2019

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El feminismo, según el diccionario de la lengua de la Real Academia Española, es en su primera acepción el “Principio de igualdad de derechos de la mujer y el hombre”. Simplemente eso, pese a quien pese: una reivindicación tan básica y aún a veces en algunos ámbitos tan poco entendida y lejana a la realidad. Por eso resulta tan triste, no ya que una gran parte de los hombres denueste esa igualdad entre seres humanos, sino que una parte importante del colectivo femenino se defina públicamente como anti-feminista. Ser anti-feminista es estar en contra de que mujeres y hombres tengan los mismos derechos, algo tan incomprensible que continúa sin caber en cabeza humana en el siglo XXI.

Cuando décadas después de conseguir ser consideradas personas no de rango inferior, lograr el derecho al voto, el derecho a decidir separarse de un hombre con quien no quieres seguir viviendo, a tomar decisiones sobre la propia vida sin necesitar la firma de un padre o un esposo, aún hay mujeres que añoran aquellos tiempos oscuros, el desánimo se apodera de muchas de nosotras. Mujeres que como la mayoría hemos tomado decisiones por nuestra cuenta, que hemos sido capaces de ejercer nuestro derecho a estudiar y trabajar, compaginando nuestra vida laboral, personal y social con el cuidado de nuestros hijos y después de nuestros padres. Algunas veces con el apoyo de un hombre, la mayoría de ellas por desgracia sin él. Aunque nos importara un bledo porque era nuestra vida y eran nuestros seres queridos y no había más remedio que seguir viviendo.

Falta mucho camino por recorrer aún hasta que la sociedad trate por igual a los seres humanos con independencia de sus órganos sexuales u orientación sexual o afectiva. Y ni la más machista de las mujeres podrá negarlo sin que se le caiga un trocito de cara de vergüenza. Preguntad a cualquier mujer con menos suerte que vosotras, las que pregonáis que la violencia machista y la desigualdad no existe porque VOSOTRAS jamás en la vida habéis sufrido por ser mujeres, preguntad a cualquier otra que haya sido maltratada, que perciba un salario inferior al de sus colegas, que haya nacido con la “desgracia” de ser homosexual, bisexual, o encerrada en un cuerpo que no le corresponde y esté viviendo con el peso social de ser mujer trans. Preguntad incluso a cualquier mujer normativa heterosexual agraciada por Natura con el aspecto que la sociedad patriarcal dicta que “deben” tener las mujeres, por todas las ocasiones en que ha sido y es acosada, tratada como un objeto, faltada al respeto, incluso por las personas que debieran amarla.

Creo que el gran error de las mujeres que se definen como no feministas -esto es, no partidarias de la igualdad social entre sexos- es haber vivido en una situación privilegiada desde su nacimiento, olvidando que son una minoría afortunada; olvidando que una gran mayoría de mujeres sigue sufriendo la desigualdad y el acoso, olvidando a todas nuestras hermanas violadas o asesinadas; olvidando que queda mucho por hacer, por desgracia.

Desde una situación de privilegio, aunque resulte asombroso tener que llamar privilegio a lo que debería ser norma, no queda otra opción que seguir luchando por todas, sobre todo por las que hoy no pueden permitirse ejercer su derecho a la huelga porque se juegan el pan de sus hijos o el ataque laboral. Vista la situación política que vivimos de cara a las próximas elecciones generales, corremos más que nunca el riesgo de volver a ser sometidas como hace décadas. Por ello, y por todas ellas, es nuestra obligación ser solidarias y pensar en TODAS.

Gracias sinceras a todas esas mujeres comprometidas y solidarias, y a todos esos hombres aliados, a los desconocidos y a los cercanos, a los que me han ayudado a ser mejor y a los que me apoyan y acompañan cada día. 

Fuerte

Hay personas tan audaces como para calificar a otro ser humano como fuerte, dando con ello por ciertas cosas sobre esa persona que ni conocen ni realmente desean conocer. Porque tener a alguien supuestamente fuerte al lado es muy cómodo. Porque, como es fuerte, no es preciso esforzarse en ser delicado al hacer juicios sobre su persona, ni disculparse una vez hechos, ni perder tiempo preguntándole por su vida porque al contrario que el común de los mortales con sentimientos, no sufre. Como es fuerte, no necesita apoyo y está ahí puesto por el ayuntamiento para escuchar solidaria e impasiblemente las quejas ajenas de los pobres débiles que no nacieron con la misma flor en el culo.

Hay quien llega a idealizar a las personas que sonríen ante la adversidad, a quienes aún quebrados se ofrecen para apoyar a otros y muestran una sonrisa permanente ante la vida, creyendo que no necesitan nada, que son tan felices y tan indestructibles que nada de lo que pase ni de lo que hagan por otros les cuesta trabajo. Incluso, a veces, hasta les envidian. “Fulanito es fuerte” es una frase salvoconducto que a menudo se usa para dar al traste con las necesidades de Fulanito, sencillamente porque nadie quiere verlas.

Dentro de ese cómodo mundo distópico, los fuertes no necesitan nada y nada les cuesta, pues nacieron así por la gracia de Dior y Dior les puso cerca como servicio público. No sienten ni padecen, salvo con las desgracias ajenas. Curiosamente, algunas de las personas que realizan estos juicios se autodefinen como “hipersensibles” invalidando toda posibilidad de discusión. “No me digas nada que tú eres fuerte y bastante tengo yo con mi hipersensibilidad”. Cuando escuches por primera vez a un amigo decir que tienes la suerte de ser fuerte, ponte en guardia. Tarde o temprano habrás de pagar por tu desfachatez.

Instrucciones para ser feliz a ratos

Tomar café en pijama nada más saltar de la cama

Cantar mal en la ducha

Dar los buenos días en el ascensor

Pasar por el portal dando saltos si el suelo está recién fregado

Saludar al conductor del bus y sonreír el día que uno te contesta

Decir te quiero a alguien que lo sepa aun sabiendo que no habrá esa respuesta

Dar las gracias por todo a todas horas

Prepararte un café en la oficina antes de comenzar a ver correos

Responder los mensajes de whatsapp, aunque sea para decir que no puedes hacerlo

Decirle a una compañera que está guapa cuando es cierto

Charlar con un extraño en un bar, en el metro o en la tienda

Cantar junto a alguien que disfrute cantando contigo

Enviar un mensaje tonto cuando te acuerdas de alguien

Leer
Leer
Leer…

 

Las canciones que fuiste tú

La música es una excelente banda sonora para la vida. Al igual que la risa y el sentido del humor, tiene esa milagrosa capacidad para salvarnos en los malos momentos. 
Muchas de las personas y de los momentos importantes de nuestra vida están inevitablemente ligados a canciones, canciones que durante un tiempo adoramos por acompañarnos en una historia de amor o en una aventura apasionante, y que años después acabamos quizá arrinconando en el cajón de los recuerdos que no deseamos conservar.
Aunque en esto, como en todo lo demás, cada uno somos un mundo. Tengo una amiga que practica el insano deporte de la auto flagelación musical: cada vez que rompe una relación amorosa, se encierra en casa a escuchar de forma recurrente y machacona canciones lacrimógenas de Malú. De todas las vertientes del masoquismo, esa es una de las que no practico. Cuando de olvidar a alguien se trata, practico la exclusión y el destierro de cantantes y canciones que me recuerden a esa persona. Lo cual es una faena porque acabas renunciando a la música que una vez te hizo más feliz. Si adoro una canción especialmente y en algún momento llego a compartirla con una persona por la que siento afecto, a partir de ese momento no soy capaz de volver a escucharla sin recordarla.
Pocas cosas hay más buenas que compartir canciones, dedicarlas o cantar con alguien sin vergüenza, aunque ninguno de los dos tenga la suerte de haber nacido bendecido con una voz preciosa. Recibir canciones como regalo es maravilloso. Las personas que nos envuelven con la música y nos enseñan a volver a amarla, también son un regalo.